¿Será que el arte y la espiritualidad exijan estar enamorado?
Cultura - 07/01/2011 8:01 - Autor: Jalil Bárcena - Fuente: Instituto de Estudios Sufíes
Etiquetas: rothkoarte, espiritualidad, amor, creacion
Mark Rothko. (Foto: lausinafilms.blogspot.com).
En el manifiesto que el pintor ruso Mark Rothko (m. 1970) escribió, el año 1943, junto a Adolph Gottlieb, puede leerse: "Para nosotros, el arte es un viaje a un mundo ignoto (...). Lo pueden emprender aquellos que no temen arriesgarse".
El arte constituye una indagación creativa que, por su propia naturaleza aventurera, exige un tránsito constante, no permanecer anclado en nada que no sea el propio compromiso artístico de búsqueda permanente. El arte es aventurarse en cuerpo y alma en lo ignoto, en ese fondo insondable de la realidad que, aun mostrándose ante nosotros sin cesar, no percibimos a simple vista, henchidos de egocentrismo como estamos.
El arte es un viaje que transita por sendas siempre nuevas, jamás antes visitadas; de perplejidad en perplejidad, con la capacidad del niño de sorprenderse a cada instante. De ahí, que un gran artista no se repita nunca. La repetición es ajena al ejercicio creativo. Y es que apostar por la creación, que es sumergirse en la profundidad de la realidad en la que todo juicio se desvanece, es renunciar a la comodidad que aporta lo sabido y, por lo tanto, aceptar vivir en vilo, al límite de uno mismo, sin red de seguridad. En otras palabras, crear es arriesgarse. Y sólo se arriesgan los valientes, quienes carecen de miedo, o aun teniéndolo saben vadearlo, y poseen la fortaleza de espíritu necesaria para seguir avanzar sin volver la vista atrás.
Pues bien, todo lo hasta aquí dicho es, precisamente, lo que emparenta arte y espiritualidad, lo que hace que un espiritual pueda ser considerado un artista del camino interior, del mismo modo que en el artista de verdad, cuando no es un ególatra insufrible atacado de esnobismo, se dan los rasgos propios de toda indagación espiritual y, en primer lugar, la capacidad de acallar a una razón que, silente, es capaz de abrirse a las mil y una posibilidades que la vida ofrece por doquier.
El espiritual, al igual que el artista a su manera, nos muestra mediante su ejemplo vivo otras facetas del vivir, la cara de la realidad que nuestro ego nos ha secuestrado, amputándonos con ello la posibilidad de un vivir mucho más pleno y amoroso, más solidario y expansivo. El espiritual encarna en sí mimo su búsqueda, puesto que la ha in-corporado; él mismo es el resultado de su propia indagación.
Y es que lo espiritual no es un añadido a la vida, sino la profundización de ésta hasta su raíz. De ahí que el espiritual, el derviche por ejemplo, sea como se muestra y se muestre como es. No hay doblez en él. Y por eso mismo resulta tan creíble la poesía de sufíes de la talla de Mawlânâ Rûmî o Mansûr Hal•lâj, porque escriben lo que viven y viven lo que escriben.
Con todo, no hay Arte con mayúsculas, al igual que tampoco alta espiritualidad, como la de los sufíes persas mencionados, por ejemplo, sin que se den tres elementos, a mi modo de ver, insustituibles: pasión desmedida, paciencia ilimitada y atrevimiento irreductible. Justo, por otro lado, lo que todo amor de verdad exige: pasión (que es entrega), paciencia (que es estar siempre) y atrevimiento (que es riesgo). ¿Será que el arte y la espiritualidad exijan estar enamorado?
La Escultura cerámica, disciplina de expresión artística de gran riqueza como medio para comunicar mensajes.... Presentación de fotografías de esculturas cerámicas de formatos medianos . Cuadros escultóricos Comentario de Arte Exposiciones
lunes, 28 de febrero de 2011
jueves, 5 de noviembre de 2009
El Arte de la Cerámica - Raúl Zurita
SUEÑOS QUE SUEÑA LA TIERRA
Porque así como días tras día el sol es joven y es viejo,
así mi amor seguirá diciendo siempre lo que ya ha sido dicho.
Shakespeare, Soneto 76
“La cerámica es probablemente el único arte humano que le da forma a los sueños que sueña la tierra. También dije que el ceramista expresa algo sensible que está y no está en él, como si sobre todo él fuese el punto de encuentro de dos emociones: la del que mira, modela las piezas, hurga, y aquella de una historia inmemorial que lo sobrepasa infinitamente y que no es otra que el deseo del mundo, de su materia, de que escuchemos el latido de su corazón mudo y sin palabras.
El artista de la cerámica es en realidad un ser modelado por las emociones de esa tierra, como si estuviera allí para recoger los infinitos matices de una desnudez que excede al pensamiento, que es anterior a la mirada, y que está anclado en el centro del cosmos expresándonos algo que es más hondo que toda religión y que todo arte: estamos vivos, somos quizás la última creación de la tierra, su último sueño, como lo refiere una de las grandes metáforas que a través del Génesis bíblico nos ha legado la poesía: fuimos forjados con ese barro, fuimos hechos a partir de él, habitamos el mundo porque la tierra modelándonos nos dio la oportunidad de una existencia posiblemente deslumbrante, pero con certeza desgarrada.
La cerámica será siempre una imagen del diálogo de lo inmemorial de la muerte con la opción permanentemente renovada de la vida y, en ese sentido, su ejercicio es más hondo e insondable que lo que pueden exhibirnos los otros géneros canonizados (y hoy privilegiados) de las artes visuales. Entonces, modelar las piezas, darles sus colores, someterlas al fundido del horno, viene a mostrarnos el rito de una sacralidad que se hunde en el tiempo y que hoy añoramos porque estaba enraizada profundamente en las cosas, en cada brizna de pasto, en cada molécula de arcilla, y donde los objetos eran construidos porque en ellos también se hacía presente la totalidad del universo.
Las manos modelando el barro desde hace miles y miles de años representaban y continúan representando hoy las formas del sueño sin formas de la tierra. Esa tierra nos creó, emergimos de ella, es ella también la que al hacérsenos presente en cada una de estas obras nos vuelve a señalar que morir es igualmente un privilegio porque sin muerte era imposible que escudriñáramos la vida.
El artista de la cerámica experimenta hoy esa paradoja exactamente como la experimentó el primer hombre al modelar el primer objeto. No es extraño, entonces, que los diversos debates y posturas estéticas, filosóficas, religiosas, que cruzan nuestro tiempo y la modernidad en general, se hagan presente de un modo más puro aún en la cerámica contemporánea: desde las corrientes inspiradas por el zen o por el arte micénico, hasta las estéticas más desasosegadas y dramáticas provenientes de las antiguas culturas precolombinas, por ejemplo, o del expresionismo. Es la simultaneidad de los infinitos gestos.
El artista de hoy, al crear a través de esta disciplina, es también el mismo hombre que se alzó, casi como si fuera un sueño, de la tierra y necesitó modelar un cántaro, una vasija, un adorno, porque en ese gesto ya estaba contenido el asombro de su tránsito y de su existencia, es decir, el asombro de nuestro tránsito y de nuestra existencia. Es, imagino, en parte eso. El ceramista contemporáneo es el creador al mismo tiempo que es el objeto creado, al plasmar sus emociones es plasmado, vale decir, es atravesado, es arrasado por la emoción de un mundo y de un cosmos que en alguna parte de él requirió también de lo minúsculo de nuestras miradas, de nuestras fantasías y temores, para que fuésemos testigo de todo lo que ignoramos. En los sueños de la tierra están las improntas de algo que no accede a las palabras y que seguramente tendría la forma de un corazón transparente que late. Es el barro siempre, es el fuego, es el amor que se plasma una y otra vez sobre el mismo cuerpo.”
Raúl Zurita
Poeta chileno
Premio Nacional de Literatura
Porque así como días tras día el sol es joven y es viejo,
así mi amor seguirá diciendo siempre lo que ya ha sido dicho.
Shakespeare, Soneto 76
“La cerámica es probablemente el único arte humano que le da forma a los sueños que sueña la tierra. También dije que el ceramista expresa algo sensible que está y no está en él, como si sobre todo él fuese el punto de encuentro de dos emociones: la del que mira, modela las piezas, hurga, y aquella de una historia inmemorial que lo sobrepasa infinitamente y que no es otra que el deseo del mundo, de su materia, de que escuchemos el latido de su corazón mudo y sin palabras.
El artista de la cerámica es en realidad un ser modelado por las emociones de esa tierra, como si estuviera allí para recoger los infinitos matices de una desnudez que excede al pensamiento, que es anterior a la mirada, y que está anclado en el centro del cosmos expresándonos algo que es más hondo que toda religión y que todo arte: estamos vivos, somos quizás la última creación de la tierra, su último sueño, como lo refiere una de las grandes metáforas que a través del Génesis bíblico nos ha legado la poesía: fuimos forjados con ese barro, fuimos hechos a partir de él, habitamos el mundo porque la tierra modelándonos nos dio la oportunidad de una existencia posiblemente deslumbrante, pero con certeza desgarrada.
La cerámica será siempre una imagen del diálogo de lo inmemorial de la muerte con la opción permanentemente renovada de la vida y, en ese sentido, su ejercicio es más hondo e insondable que lo que pueden exhibirnos los otros géneros canonizados (y hoy privilegiados) de las artes visuales. Entonces, modelar las piezas, darles sus colores, someterlas al fundido del horno, viene a mostrarnos el rito de una sacralidad que se hunde en el tiempo y que hoy añoramos porque estaba enraizada profundamente en las cosas, en cada brizna de pasto, en cada molécula de arcilla, y donde los objetos eran construidos porque en ellos también se hacía presente la totalidad del universo.
Las manos modelando el barro desde hace miles y miles de años representaban y continúan representando hoy las formas del sueño sin formas de la tierra. Esa tierra nos creó, emergimos de ella, es ella también la que al hacérsenos presente en cada una de estas obras nos vuelve a señalar que morir es igualmente un privilegio porque sin muerte era imposible que escudriñáramos la vida.
El artista de la cerámica experimenta hoy esa paradoja exactamente como la experimentó el primer hombre al modelar el primer objeto. No es extraño, entonces, que los diversos debates y posturas estéticas, filosóficas, religiosas, que cruzan nuestro tiempo y la modernidad en general, se hagan presente de un modo más puro aún en la cerámica contemporánea: desde las corrientes inspiradas por el zen o por el arte micénico, hasta las estéticas más desasosegadas y dramáticas provenientes de las antiguas culturas precolombinas, por ejemplo, o del expresionismo. Es la simultaneidad de los infinitos gestos.
El artista de hoy, al crear a través de esta disciplina, es también el mismo hombre que se alzó, casi como si fuera un sueño, de la tierra y necesitó modelar un cántaro, una vasija, un adorno, porque en ese gesto ya estaba contenido el asombro de su tránsito y de su existencia, es decir, el asombro de nuestro tránsito y de nuestra existencia. Es, imagino, en parte eso. El ceramista contemporáneo es el creador al mismo tiempo que es el objeto creado, al plasmar sus emociones es plasmado, vale decir, es atravesado, es arrasado por la emoción de un mundo y de un cosmos que en alguna parte de él requirió también de lo minúsculo de nuestras miradas, de nuestras fantasías y temores, para que fuésemos testigo de todo lo que ignoramos. En los sueños de la tierra están las improntas de algo que no accede a las palabras y que seguramente tendría la forma de un corazón transparente que late. Es el barro siempre, es el fuego, es el amor que se plasma una y otra vez sobre el mismo cuerpo.”
Raúl Zurita
Poeta chileno
Premio Nacional de Literatura
miércoles, 4 de noviembre de 2009
lunes, 2 de noviembre de 2009
sábado, 17 de octubre de 2009
jueves, 15 de octubre de 2009
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